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Lesbianismo en el mundo árabe

(TERRA.COM / CULTURA LESBIANA / DLG)

Son lesbianas, árabes y musulmanas, y no tienen pelos en la lengua para hablar de su homosexualidad. Pioneras en una sociedad conservadora como la egipcia, no siempre reciben la compresión de sus familias y rozan la ilegalidad.


"En Egipto, hay dos tipos de lesbianas: las auténticas, que nacen así, y las que se convierten en lesbianas estando casadas, frustradas y aburridas de sus maridos, o incluso chicas jóvenes que todavía esperan a casarse", explica Jana.

Jana, Nadine y Dalia, todos ellos nombres falsos, son lesbianas "de nacimiento", egipcias y musulmanas.

Aunque pareciera complicado ser mujer y homosexual en un país árabe, dicen que no tienen problemas a la hora de ligar porque hay muchas lesbianas en Egipto y especifican que lo que más abundan son "mujeres cansadas de sus maridos que buscan divertirse y disfrutar con el sexo".

En el metro, en la calle, en las tiendas, "por todas partes pueden encontrarse lesbianas aquí", enumera Jana, mientras explica que deben ser cuidadosas para que no las descubran porque no están aceptadas socialmente y pueden ir a la cárcel, aunque la ley egipcia no prohíba explícitamente la homosexualidad.

"Hay una norma sobre comportamiento indecente en la vía pública -aclara Nadine. En principio, fue creada contra la prostitución pero también se emplea contra los homosexuales".


Dalia, que lleva hiyab (velo que cubre el cabello), cumple con uno de los perfiles más extendidos entre las lesbianas egipcias. Casada y con dos hijos confiesa que no tiene trato carnal con su marido desde 1994 y, aunque asegura que nació homosexual, no "salió del armario" hasta ya casada.

El boca a boca es esencial para la supervivencia de una "sohakiya" (lesbiana en árabe), así como tener conexión a Internet, porque "existen correos electrónicos con los contactos de lesbianas de todas partes del mundo a través de los cuales se puede conocer a gente nueva", cuenta Jana.

A la hora de practicar el sexo, las lesbianas egipcias afirman que no lo tienen más difícil que en otras partes del mundo, siempre y cuando guarden las apariencias.

"Mi novia se quedó un mes en mi casa y estuvimos durmiendo juntas en mi habitación, sin que pasara nada -recuerda Nadine. Mi madre siempre llama a la puerta de mi cuarto antes de entrar".

Pese a que han roto muchos tabúes, la familia y los amigos siguen siendo una de las asignaturas pendientes: "Los únicos que lo saben en mi casa son mi madre y mi hermano, que dejó de hablarme por un año cuando le conté que era lesbiana, aunque ahora ha vuelto a dirigirme la palabra", indica Jana, quien afirma haber perdido amigos por haberse confesado homosexual.

Para ellas, buena culpa la tienen las interpretaciones erróneas del Islam. "Es una religión del perdón, de la compresión y extremadamente flexible", afirma Nadine, que dice no creer en otras interpretaciones.

Jana, que asegura haber leído el Corán entero, también asegura que el libro sacro no condena la homosexualidad, del mismo modo que se limita a "recomendar" y no obligar el velo.

"Tan sólo hay un versículo en el que se habla de hombres que estaban practicando el sexo unos con otros y no hacían caso a sus mujeres, por lo que Dios los maldijo y decidió inundar la ciudad (de Sodoma)", relata Jana.

Nadine, Jana y Dalia señalan que la situación es mejor en el Líbano, donde hay bares exclusivos para gays y lesbianas, y mucho peor en otros países como Arabia Saudí.

"En Arabia Saudí la forma de contactar con otras lesbianas es llamar a un número de teléfono al azar y si contesta una mujer es que es lesbiana, porque se supone que ellas no pueden responder al teléfono, sino los hombres", dice Jana.

Por su parte, en Egipto, aunque no es un país tan conservador como Arabia Saudí, no hay locales que se anuncien sólo para homosexuales, pero sí puntos de encuentro conocidos solo por ellos, entre los que hay hoteles, restaurantes y hasta peluquerías.

Aswat: primera Organización lésbica

La asociación Aswat es una asociación une a las lesbianas árabes, israelíes y palestinas, para romper el tabú de la homosexualidad y convertirlo en lucha política,  bajo el provocador y bien claro lema de “somos palestinas, somos mujeres y somos lesbianas”.

“Muchas lesbianas y homosexuales árabes llevan una doble vida: están casados y llevan una existencia secreta. La gente dice que ser homosexual está prohibido por la religión”, explica Rauda Morcos, coordinadora de Aswat, cuya sede está en Haifa (norte de Israel).

Rauda subraya claramente el espíritu que anima a su asociación. “La sociedad es hipócrita pero nosotros rechazamos que este tema quede en secreto. Queremos que sea tratado de una forma política y social”.

Por eso, a finales de 2002, ella y una amiga, Samira, se lanzaron a la acción, creando en un primer momento un foro en Internet para que las árabes israelíes y también las palestinas de la franja de Gaza y de Cisjordania pudieran expresar sus experiencias.

Un año después fundaron Aswat, que ahora también recibe la ayuda de organizaciones estadounidenses y europeas, organiza reuniones mensuales de apoyo y realiza un trabajo de sensibilización e información sobre la homosexualidad.

Pero la labor de Aswat es todo un desafío en una sociedad como la árabe, donde la familia es el centro de la vida social.

“Nadie puede declarar públicamente su homosexualidad sin contar con apoyo. Hay que ser fuerte, incluso económicamente, porque se necesita una alternativa al apoyo familiar si éste se pierde”, subraya Rauda.

Su experiencia personal es un buen ejemplo. Cuando salió a la luz su tendencia sexual, y por ende sin su consentimiento, perdió su empleo como profesora de inglés y su vida se transformó en un infierno en su pueblo de Kfar Yassif (norte).

“La gente me llamaba por teléfono para insultarme y mis tíos me dejaron de hablar”, cuenta.

Además, a mano de Aswat ganaba en visibilidad en Israel, también se atrajo las iras del Movimiento Islámico, una organización muy presente en la comunidad árabe israelí.

“Según la ley islámica, la homosexualidad es ilegítima, una especie de enfermedad que hay que tratar como tal”, afirma el jefe Ibrahim Sarsur, diputado del parlamento israelí y miembro del Movimiento Islámico.

“Nuestra sociedad árabe no puede tolerar un fenómeno semejante”, condena.

Sin embargo, Samira, la co-fundadora de Aswat, no tiene miedo a los tradicionalistas islámicos.

“Intentamos hacer nuestro trabajo sin darles más importancia de la que merecen”, dice esta mujer de 31 años que vive en Tel Aviv.

Samira sabe, no obstante, que lesbianas y homosexuales aún tienen un largo camino por delante, sobre todo en los territorios palestinos.

“No nos hacemos ilusiones. Sabemos, por ejemplo, que no habrá manifestación del orgullo homosexual en Gaza. Pero poco a poco, tranquilamente, cambiaremos las cosas”, agregó.

Por el momento, cuatro estudiantes homosexuales crearon en marzo una asociación ‘gemela’ de Aswat en Ramala (Cisjordania), por el momento clandestinamente.

 

 
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